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Efectos dispares del cambio climático en el mundo


Washington, (EFE).- En los próximos años el calentamiento global y su efecto sobre el clima tendrán un duro impacto en los precios de los alimentos y el hambre en el mundo, afirmó un estudio presentado este sábado ante la reunión anual de la Asociación Americana para el Avance de las Ciencias (AAAS) en San Diego (California).

Pero así como sus consecuencias serán especialmente duras para muchos sectores, habrá otros que resultarán beneficiados por la situación, indicó el estudio realizado por científicos del Programa de Seguridad Alimentaria y Ambiente de la Universidad de Stanford (California).

Según los investigadores, las temperaturas más altas podrían reducir de manera considerable la producción de trigo, arroz y maíz, ingredientes básicos en la dieta de millones de personas que subsisten con un ingreso de menos de un dólar diario.

La escasez resultante de esas cosechas probablemente empuje al alza los precios de los alimentos y aumente la pobreza de amplios sectores.

Pero, por otro lado, otros grupos, especialmente de agricultores, saldrán de la pobreza como consecuencia del alza de precios de los alimentos básicos que producen, según David Lobell, científico experto en asuntos agrícolas de Stanford.

"El impacto sobre la pobreza no depende sólo de los precios de los alimentos sino también de los ingresos que tiene la gente pobre", indicó.

Según el científico, la mayoría de las proyecciones dan por sentado que con el alza de los alimentos se incrementará paralelamente la pobreza porque los indigentes gastan la mayor parte de sus ingresos en esos alimentos.

Entre ellos se cuentan los trabajadores rurales a sueldo y los pobres que viven en las ciudades.

Sin embargo, señaló, "hay algunos que cultivan su propia tierra y en realidad resultarán beneficiados de los mayores precios de los alimentos".

En su estudio, los científicos Marshall Burker y el economista Thomas Hertel, de la Universidad Purdue, analizaron los resultados del cambio climático en 15 países en desarrollo de América Latina, Asia y África que incluyó la producción de arroz, trigo y maíz.

La investigación indicó tres escenarios, el primero de los cuales y "más probable" es el que planteó el Panel Internacional sobre Cambio Climático que pronosticó un aumentó de temperatura de un grado centígrado para 2030.

En ese caso, el modelo proyecta un cambio relativamente bajo en la producción alimentaria, los precios y la pobreza.

Pero en otro escenario, en el que el aumento de la temperatura sería de 1,5 grados, el modelo indica la posibilidad de una baja en la productividad agrícola de 10 a 20 por ciento.

Eso significaría un aumento de 10 a 60 por ciento en los precios del arroz, el trigo y el maíz y un incremento consiguiente de 3 por ciento de aumento en la pobreza de los 15 países.

Sin embargo, el estudio indicó que el análisis de los países de forma individual produjo un panorama más complicado.

Señaló que en 11 de los 15 países, los pobres dueños de sus tierras se beneficiarían de los precios más altos de los alimentos.

Pero Lobell explicó que también hay países, como Bangladesh, donde la mayoría de los pobres viven en zonas urbanas y no cultivan su propia tierra y esos serían los más afectados.

En un último escenario, en que las temperaturas globales aumentarían sólo 0,5 grados centígrados, debería registrarse un incremento de la productividad agrícola.

El excedente resultante causaría una baja de un 16 por ciento en los precios lo que iría en detrimento de los agricultores, según el estudio.

En Tailandia, la pobreza de los agricultores dueños de sus tierras aumentaría en un 60 por ciento, en tanto que en otros, como Zambia, Mozambique, Malaui y Uganda, la pobreza en el sector agrícola declinaría en un 5 por ciento.

"Es importante tener en cuenta que cualquier cambio, por extremo que sea, beneficiará a algunos hogares y perjudicará a otros", añadió Lobell.


Fuente: El País, http://www.elpais.cr/articulos.php?id=19691

Environment & Poverty Times (Sep 09)



Este es un periódico elaborado por Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA o UNEP en inglés). El periódico contiene interesantes artículos sobre la relación existente entre el tópico ambiental y la pobreza.



Environment & Poverty Times (Sep 09)

¿Es el calentamiento global inevitable?


Un estudio dice que, dado el actual sistema económico, es muy difícil evitar el calentamiento global.

Quizás entre las predicciones más terroríficas de los últimos tiempos esté la que dice que el calentamiento global es ya imparable.


Según Tim Garrett, profesor en la Universidad de Utah, las emisiones de dióxido de carbono no se pueden estabilizar, no ya disminuir, a no ser que la economía mundial colapse totalmente o se construya el equivalente a una central nuclear cada día. Algo que en la práctica parece imposible.

El estudio llega a varias conclusiones de las que se pueden extraer las siguientes a modo de resumen que:

- El ahorro de energía o la eficiencia no hacen que se consuma menos energía, en su lugar hace que la economía crezca y se acelere el consumo de energía.

- Existe una constante a lo largo de la historia que liga el uso global de la energía a la productividad económica acumulada ajustada por la inflación. Así que no es necesario considerar el crecimiento de la población y el estándar de vida para predecir el consumo de energía y la resultante emisión de dióxido de carbono.

- La estabilización de las emisiones al ritmo actual requeriría aproximadamente unos 300 Gigavatios de potencia de energía nuevos cada año libres de emisiones. O lo que es lo mismo, el equivalente a construir una central nuclear nueva cada día. Según Garrett no hay otra manera sin afectar gravemente la economía.

Algunos economistas han criticado fuertemente el estudio argumentando la carencia de conocimientos económicos de su autor. Garret se defiende que ha usado una aproximación económica a un problema que en realidad es físico y como consecuencia ha llegado a un modelo de crecimiento económico global diferente al convencional.


Garret considera que la civilización es como un motor térmico que consume energía y produce trabajo en forma de producción económica. Sin consumo de energía la civilización no valdría nada, es la energía la que mantiene el valor económico. Si nos faltase energía la civilización colapsaría.


Según él la acumulación del la producción económica en el curso de la Historia está ligada al consumo de energía por un factor constante evaluado en 9,7 ± 0,3 milivatios por dólar (ajustado por inflación). Llega a esta conclusión a partir de datos sobre el producto interior bruto y la estimación de la producción económica a lo largo de los últimos 2000 años. Luego investigó las implicaciones que esto tiene para las emisiones de dióxido de carbono.


Según Garret los economistas creen que se necesita tener en cuenta la población y el estándar de vida para estimar la productividad, pero que en su modelo la única cosa que se necesita es saber cómo de rápido es el aumento en el consumo de energía. Según él son precisamente la población y el estándar de vida los que se ajustan a la disponibilidad de energía.


Según Garret todo esto significa que la aceleración en las emisiones de dióxido de carbono es difícil que cambie pronto porque el uso de la energía actual está ligado a la productividad económica del pasado.


Según este modelo la civilización evoluciona en un ciclo de retroalimentación espontáneo mantenido sólo por el consumo de energía y la incorporación de materia medioambiental. Al crecer consume más y en consecuencia crece más y puede consumir más.


Lo más provocativo del modelo de Garret, y que es contrario a lo que creía antes del estudio, quizás sea la afirmación de que el ahorro de energía no reduce el uso de energía, sino que hace crecer la economía y por tanto el uso de energía. Según Garret hacer a la civilización más eficiente simplemente le permite crecer más rápido y consumir más energía.


“Sólo estoy diciendo que no es realmente posible ahorrar energía de una manera significativa porque la actual tasa de consumo de energía está determinada por la producción económica del pasado… Ahorrar energía hace sentir bien, y eso está bien, pero no debería de haber pretensiones de que esto marcará una gran diferencia.”


Pese a todo Garret continúa usando su bicicleta, tomando el autobús, utilizando una cuerda de tender ropa tradicional y una segadora de césped manual.


Según Garret a la hora de disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero frecuentemente se discuten estrategias como el ahorro de energía, reducir la población, usar fuentes de energía alternativas… Pero casi nadie menciona una: disminuir el estándar de vida, que además se dará de todos modos si hay una fuerte crisis energética o si la economía colapsa.


Garret cree que el sistema es determinista. La población y el estándar de vida son sólo una función de la actual eficacia energética. Esto deja el cambio a fuentes de energía que no emitan dióxido de carbono como la única opción disponible. Pero para poder estabilizar las emisiones (no ya reducirlas) deberíamos de pasarnos a ese tipo de fuentes de energía a un ritmo de un 2,1% anual, que es el equivalente a construir una central nuclear al año.


“Si la sociedad invierte suficientes recursos en nuevas fuentes de energía que no emitan dióxido de carbono, entonces quizás pueda continuar creciendo sin aumentar el calentamiento global.”


Garret advierte que su estudio no es una invitación a la inacción, pero que no está claro que las decisiones políticas tengan la capacidad de cambiar el curso futuro de la civilización.



Fuente: Neofronteras, http://neofronteras.com/?p=2909

ONU aprueba la resolución "Armonía con la Naturaleza"


Se crea un ítem en la agenda de la Asamblea General de la ONU para analizar de manera integral y holística la ruptura del equilibrio entre los seres humanos y la Madre Tierra

Nueva York.- La Segunda Comisión de la Asamblea General de Naciones Unidas reunida este viernes en Nueva York aprobó por consenso la resolución denominada "Armonía con la Naturaleza", presentada por el Estado Plurinacional de Bolivia con el con auspicio de 62 de los 192 países miembros de la ONU. La resolución será considerada a mediados de diciembre en la Asamblea General y se espera que también sea adoptada por consenso.

En la presentación de la resolución, la diplomacia de Bolivia recordó que "numerosos estudios científicos y académicos han demostrado que la magnitud, escala espacial y velocidad del cambio antropogénico del último medio siglo no tienen precedentes en la historia de la humanidad. De ahí la importancia del concepto de armonía, que busca tanto el bienestar humano presente y futuro, como el de la naturaleza. No puede haber bienestar ni desarrollo humano si destruimos nuestro hogar".

"Pensamos que no se trata de entrar en un estado de inercia para no afectar a la naturaleza. La vida de los seres humanos conlleva siempre un grado de afectación al planeta tierra. El desafío de la humanidad es que esa afectación no sea tal que acabe destruyendo el equilibrio del sistema Tierra revirtiéndose contra el propio desarrollo humano", dijo el embajador boliviano en Naciones Unidas Pablo Solón.

Es así que a iniciativa de Bolivia, la Segunda Comisión de la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó por consenso la resolución "Armonía con la Naturaleza", creando un ítem en la agenda de la Asamblea General de Naciones Unidas para analizar de manera integral y holística la ruptura del equilibrio entre los seres humanos y la Madre Tierra y discutir propuestas e iniciativas que promuevan una vida en armonía con la naturaleza.

En criterio de la diplomacia boliviana, este nuevo espacio de discusión plantea desafíos que deben plasmarse en nuevas propuestas a nivel político e intergubernamental que tomen en cuenta no sólo el bienestar humano sino también el valor intrínseco de las especies y los ecosistemas, independientemente de su utilidad para los seres humanos.

La resolución invita a los Estados y organismos del sistema de Naciones Unidas a considerar el tema y a transmitir a la Secretaria General sus opiniones y visiones al respecto. Así mismo instruye al Secretario General preparar un Informe a ser presentado en la 65 período de sesiones de la Asamblea General el próximo año.

Bolivia agradeció a las diferentes delegaciones por sus aportes al texto de la resolución que fortalecen la celebración cada 22 de abril del Día Internacional de la Madre Tierra, promoviendo el intercambio de opiniones sobre las condiciones, experiencias y principios para una vida en armonía con la naturaleza.

La resolución: "Armonía con la Naturaleza"

La Asamblea General manifiesta su preocupación por el deterioro ambiental documentado y los impactos negativos en la naturaleza resultantes de la actividad humana, y recuerda la Carta Mundial de la Naturaleza de 1982 (Resolución 37/7, anexo).

El organismo reafirma la Declaración de Río sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (Informe de la Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo, Río de Janeiro, 3 al 14 de junio de 1992, vol. I, Resoluciones aprobadas por la Conferencia -publicación de Naciones Unidas, número de venta: S.93.1.8 y corrección-, resolución 1, anexo I).

La ONU reafirma también el Programa 21 y el Plan para su ulterior Ejecución (Ibíd., anexo II); la Declaración de Johannesburgo sobre el Desarrollo Sostenible (Informe de la Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Sostenible, Johannesburgo, Sudáfrica, 26 de agosto al 4 de septiembre de 2002 -publicación de Naciones Unidas, número de venta: S.03.II.A.1 y corrección-, cap. I, resolución 1, anexo), y el Plan de Aplicación de las decisiones de la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Sostenible de Johannesburgo (Ibíd., resolución 2, anexo).

Naciones Unidas recuerda el Documento Final de la Cumbre Mundial de 2005 (resolución 60/1), y reafirma también su Resolución 63/278 de 22 abril de 2009 relativa a la declaración del Día Internacional de la Madre Tierra, convencida de que la humanidad puede y debe vivir en armonía con la naturaleza (Resolución 35/7).

Con esos antecedentes, el organismo internacional invita:

1. A los Estados Miembros, las organizaciones pertinentes del sistema de Naciones Unidas y las organizaciones internacionales, regionales y subregionales a considerar, según corresponda, el tema de promover la vida en armonía con la naturaleza y a que hagan llegar al Secretario General sus visiones, experiencias y propuestas sobre esta temática;

2. A todos los Estados Miembros, las organizaciones pertinentes del sistema de Naciones Unidas, a las organizaciones internacionales, regionales y subregionales, a hacer uso, según corresponda, del Día Internacional de la Madre Tierra, para promover actividades e intercambiar opiniones y visiones sobre condiciones, experiencias y principios para una vida en armonía con la Naturaleza;

3. Decide incluir en el programa provisional de su sexagésimo quinto periodo de sesiones el sub ítem titulado "Armonía con la Naturaleza" bajo el ítem Desarrollo Sostenible;

4. Solicita al Secretario General que presente un informe sobre este tema en su sexagésimo quinto periodo de sesiones, teniendo en cuenta las opiniones y observaciones recibidas en el contexto de la presente resolución.


Fuente: Bolpress, http://bolpress.com/art.php?Cod=2009120503&PHPSESSID=d0c6bc94b783eead13fd19d061b41d77

The conflicts for climate change


Some experts call the genocide in Darfur the world's first conflict caused by climate change. After all, the crisis was sparked, at least in part, by a decline in rainfall over the past 30 years just as the region's population doubled, pitting wandering pastoralists against settled farmers for newly scarce resources, such as arable land.

"Is Darfur the first climate change war?" asked economist and Scientific American columnist Jeffrey Sachs at an event at Columbia University in 2007. "Don't doubt for a moment that places like Darfur are ecological disasters first and political disasters second."

But new research would suggest the answer to Sachs's question is no, at least regarding the novelty of Darfur. Agricultural economist Marshall Burke of the University of California, Berkeley and his colleagues have analyzed the history of conflict in sub-Saharan Africa between 1980 and 2002 in a new paper in Proceedings of the National Academy of Sciences.

"We find that civil wars were much more likely to happen in warmer-than-average years, with one degree Celsius warmer temperatures in a given year associated with a 50 percent higher likelihood of conflict in that year," Burke says. The implication: because average temperatures may warm by at least one degree C by 2030, "climate change could increase the incidences of African civil war by 55 percent by 2030, and this could result in about 390,000 additional battle deaths if future wars are as deadly as recent wars."

In fact, temperature change offered a better prediction of impending conflict in the 40 countries surveyed than even changes in rainfall, despite the fact that agriculture in this region is largely dependent on such precipitation. Burke and his fellow authors argue that this could be because many staple crops in the region are vulnerable to reduced yields with temperature changes—10 to 30 percent drops per degree C of warming.

"If temperature rises, crop yields decline and rural incomes fall, and the disadvantaged rural population becomes more likely to take up arms," Burke says. "Fighting for something to eat beats starving in their fields."

Whereas 23 years in 40 countries provides a relatively large data set, it does not exclude other possible explanations, such as violent crime increasing with temperature rise, a drop in farm labor productivity or population growth. "Fast population growth could create resource shortage problems, as well," notes geographer David Zhang of the University of Hong Kong, who previously analyzed world history back to A.D. 1400 to find linkages between war and temperature change. Those results were also published in 2007 in Proceedings of the National Academy of Sciences. But "the driver for this linkage," Zhang says," is resource shortage, mainly agricultural production, which is caused by climate change."

Burke and his colleagues specifically excluded records from prior to 1980, because of the conflict rampant in the wake of Africa's emerging colonial independence after World War II. "A lag of a couple of decades would leave sufficient time for post-independence turmoil to wear out," Burke argues. "We took the approach that the best analogue to the next few decades were the last few decades."

Proving the link—and providing a specific mechanism for the increase in conflict, whether agricultural productivity or otherwise—remains the next challenge. "I believe that the historical experience of human society of climate change would provide us [with] the evidence of how climate cooling and warming during the last thousand years created human crisis, and also the lessons for human adaptive choices for climate change," Zhang notes.

"We feel that we have very clearly shown the strong link between temperature increases and conflict risk," Burke adds. But "what interventions will make climate-induced conflict less likely?"

The U.S. military, for its part, is concerned about the issue, analyzing the possibility for climate change to destabilize countries in recent reports, such as an essay from members of the CNA Military Advisory Board in November, "Climate and Energy the Dominant Challenges of the 21st Century."

But, given the recent historical record in places like Darfur, the question about intervention may remain unanswered. "We need 18 helicopters but no one has provided it and yet we are so concerned about Darfur," said former United Nations Secretary General Kofi Annan at an event at Columbia University in September, noting the stretched resources of the peacekeeping


Fuente: Scientific American, http://www.scientificamerican.com/article.cfm?id=can-climate-change-cause-conflict

Informe Estado de la Poblacion 2009


El informe, elaborado por El Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), explica la vinculación existente entre población mundial y el cambio climático. Algunas de las preguntas que aborda son: ¿Cómo resultará afectada la dinámica de la población por los gases de efecto invernadero y el cambio climático? La urbanización y el envejecimiento de la población, ¿ayudarán u obstaculizarán las medidas de adaptación a un mundo que se va calentando? ¿Cuál es la mejor manera de proteger a los seres humanos contra los episodios meteorológicos extremos y la elevación del nivel del mar? ¿Sería posible que un mayor acceso a servicios de salud reproductiva y unas mejores relaciones entre hombres y mujeres fueran factores de importancia crítica al abordar el problema del cambio climático?

Reportaje relacionado: http://cooperacionambiental.blogspot.com/2009/11/onu-establace-vinculo-entre-poblacion-y.html


Estado de la Poblacion Mundial 2009

Desarrollo costarricense es insostenible ambientalmente


El desarrollo en Costa Rica es ambientalmente insostenible, según confirmó una investigación publicada en el más reciente informe Estado de la Nación .

Los costarricenses estamos consumiendo más recursos de los que nuestro territorio nos puede dar y generando más desechos de los que puede absorber, comprueba el documento.

El informe desmitifica completamente la propuesta –promocionada por los gobiernos desde mediados de la década de 1990 –de que Costa Rica podía desarrollarse en armonía con el ambiente.

El método. Para llegar a esta conclusión se midieron dos variables: biocapacidad y huella ecológica.

La biocapacidad es la capacidad de los ecosistemas para producir materiales biológicos útiles y absorber desechos generados por seres humanos. No se incluyen en este grupo ni áreas desérticas ni mar abierto, por ejemplo.

Tras las mediciones, los investigadores del Estado de la Nación concluyeron que la biocapacidad por persona en Costa Rica es de 1,66 hectáreas. Esto quiere decir que cada persona en el país dispone –en teoría– de 1,66 hectáreas para cubrir sus necesidades.

Por su parte, la huella ecológica midió los recursos que requiere el estilo de vida actual de los costarricenses.

La metodología internacionalmente aceptada para medir la huella ecológica transforma esos requisitos en “hectáreas globales”. Según el estudio, cada tico tiene una huella ecológica de 1,86 hectáreas globales.

Si se resta la huella ecológica a la biocapacidad se dará cuenta de que se presenta un décifit, lo cual quiere decir que el territorio costarricense no alcanza para cubrir las necesidades de la población y que, por lo tanto, el desarrollo tico es ambientalmente insostenible y está dependiendo de la biocapacidad de otros países.

Costa Rica necesitaría que su territorio fuera un 12% más grande para cubrir el consumo de sus habitantes, señala el informe, lo cual convierte a Costa Rica en un país “ecodeudor” al lado de otros como El Salvador, Brasil, Estados Unidos, y México.

El 75% de la energía que consume Costa Rica proviene de hidrocarburos. De ese consumo, 56% se gasta en transporte. Lejos de solucionarse, el problema en este campo se vuelve cada vez más complejo.

No obstante, se debe tomar en cuenta que Costa Rica está por debajo del promedio mundial en huella ecológica, que ronda 2,7 hectáreas globales por habitante.

Aunque mediciones anteriores ya señalaban un décifit entre la biocapacidad y la huella ecológica en Costa Rica, esta es la primera ocasión en que costarricenses realizan el estudio, lo cual permitió recurrir a fuentes más recientes y directas.

Las causas. El mismo informe señala las causas de la deuda ecológica costarricense: “Se debe principalmente a patrones de consumo que, unidos al aumento de población, generan una menor disponibilidad de área por habitante”, se lee en el documento.

El aumento de la población implica repartir la misma capacidad biológica que tiene el país pero entre más personas cada día.

Pero, también, a Costa Rica la afecta la alta emisión de gases contaminantes (el 75% de su energía proviene de hidrocarburos y eso representa cerca del 40% de su huella), el consumo forestal y el mal ordenamiento territorial que se presenta en prácticamente todo el territorio nacional y que impide utilizar los recursos disponibles de la manera más eficiente.

Costa Rica, un país ‘ecodeudor’ en el mundo

Por consumir más de lo que puede producir, a Costa Rica se la incluye en la lista de los países “ecodeudores”.

Las implicaciones de esta deuda ecológica son políticas, económicas, sociales y hasta éticas, según planteó la investigadora Rebeca Chaverri en el documento que da sustento a la publicación sobre el tema realizada en el XV informe Estado de la Nación .

Lo más notable es que estamos heredando a las futuras generaciones un país y un estilo de vida con un desbalance que implicará cada día menor disponibilidad de recursos para ellos, y con el que tarde o temprano tendrán que enfrentarse.

Depender de la biocapacidad de otros países –como es el caso de Costa Rica– es correr el riesgo de tener un crecimiento que posteriormente no tenga sustento ambiental y se vea obligado a cambiar dramáticamente.

“Es necesario actuar rápido para revertir el proceso, ya que cuanto más tiempo persista el exceso, mayor será la presión que se ejerza sobre los servicios ecológicos, aumentando el riesgo de colapso de los ecosistemas, con pérdidas potencialmente permanentes de la productividad”, explica Chaverri en su investigación.

“Tenemos una sola Costa Rica y los habitantes de este país hemos sobrepasado nuestra capacidad para mantener el ritmo de consumo y uso de los recursos que hemos desarrollado desde 1961, cuando todavía parecía faltar mucho para comenzar a consumir los recursos que deberíamos estar resguardando para las futuras generaciones, un consumo que va en crecimiento a la vez que la biocapacidad del país disminuye, y con ella su habilidad para absorber nuestros crecientes desperdicios”, concluye el informe de Chaverri.

Se sabe qué hacer, pero se hace muy poco

Como en muchos otros temas, los actores involucrados en la problemática de la huella ecológica costarricense están de acuerdo en qué se debe hacer para cambiar esta tendencia de país ecodeudor; sin embargo, es poco lo que se hace para solventar el problema.

Leonardo Merino, encargado del capítulo ambiental del Estado de la Nación , explicó que la huella ecológica tica tiene dos factores que la potencian: las emisiones contaminantes producto del consumo de hidrocarburos y la mala utilización del suelo por la falta de ordenamiento territorial en prácticamente todo el país.

La absorción de carbono requiere mucho territorio. Ahí hay una tarea muy específica que fácilmente le daría vuelta al balance. El país genera ocho millones de toneladas de CO 2 al año y se necesita territorio para absorber esa contaminación”, explicó el investigador.

Mientras tanto, el “ordenamiento territorial es la manera de indicar cuál es la manera eficiente, ambientalmente amigable y socialmente beneficiosa para decir qué hacer con el territorio. Se trata de decidir para qué y cómo queremos usar el territorio de Costa Rica”, añadió Merino.

Estos dos puntos suman más de la mitad de la huella ecológica tica y las principales soluciones no son novedad para ningún costarricense medianamente informado: se trata de la modernización del transporte (público, especialmente) y consolidar un verdadero ordenamiento territorial.

Utilizar mejor el territorio costarricense marcaría una gran diferencia en la huella ecológica.

Costa Rica ya reservó un cuarto de ese territorio como área protegida, pero parece no tener muy claro qué hacer con el resto. En la práctica permitió que cada quien hiciese lo que quisiera.

“No hay criterios científicos y elaborados participativamente para saber si hay algo de malo en construir una casa en un lugar determinado, en tener una plantación de piña o una plantación forestal”, comentó Leonardo Merino, encargado del capítulo ambiental del Estado de la Nación . La ley indica que desde 1968 el país debería tener ordenamiento territorial, pero las leyes que lo regulan y las instituciones que lo aplican están dispersas. El país se enfocó en la “agenda verde”, en tener parques nacionales, pero dejó de lado la “agenda gris”, la administración del agua, el tratamiento de los residuos y el transporte limpio, por ejemplo. Para Merino, casos como los de Crucitas y Sardinal serán cada vez más comunes pues reflejan las tensiones entre la necesidad de hacer producir un territorio y protegerlo sin tener claro cuál camino se debe tomar.

Propuestas de gobierno. Desde hace varias semanas La Nación intentó hablar sobre este tema con Jorge Rodríguez, ministro de Ambiente, pero no devolvió los mensajes.

Por su parte, Pedro León, director de la iniciativa Paz con la Naturaleza concordó con Merino en las dos grandes propuestas para reducir la deuda ecológica.

“Aquí necesitamos una inversión gigantesca en transporte urbano, moderno y eléctrico. No hay que inventar nada, muchas ciudades del mundo ya lo tienen y aquí hay planes como el Tren Eléctrico Metropolitano (Trem), que es solo un primer avance, el espinazo de algo mayor”, señaló León.

Si bien el proyecto del Trem pasó estancado por años, en los últimos meses el Gobierno lo ha retomado, enfocándolo como solución a los congestionamientos viables y a los tiempos de traslados dentro del área metropolitana, pero advierte que su implementación no podrá llegar sino hasta dentro de varios años.

En cuanto a planificación urbana, León considera elemental el apoyo político para que el proyecto de Planificación Regional Urbana de la Gran Área Metropolitana (Prugam) continúe dando pautas en reorganización.

Aunque el Gobierno ha anunciado su interés en seguir apoyando al Prugam, este plan se ha concentrado en una zona que Merino considera prácticamente perdida por la falta de planificación desde hace décadas, mientras que zonas como Guanacaste y Osa son las que ahora enfrentan el crecimiento urbano.


Fuente: La Nación: http://www.nacion.com/ln_ee/2009/noviembre/23/aldea2164230.html

Ver Informe: http://cooperacionambiental.blogspot.com/2009/11/armonia-con-la-naturaleza.html




Más consumidores verdes: Greendex 2009


La Encuesta Greendex 2009 de National Geographic encuentra incremento de conductas verdes en consumidores de 17 países a nivel mundial

WASHINGTON- En la segunda encuesta anual para medir y monitorear conductas de consumidores que tienen un impacto en el medio ambiente, National Geographic Society y la compañía de encuestas internacional GlobeScan encontraron un incremento en consumo responsable en 13 de los 14 países encuestados en 2008 y 2009. Este miércoles 13 de mayo se publicó el índice, una medición comprensible de las conductas del consumidor en 65 áreas relacionadas con vivienda, transporte, comida y consumo de bienes en la vida diaria de los encuestados. Greendex 2009 categoriza a consumidores en 17 países de acuerdo al impacto ambiental de sus patrones de consumo, coincidenciales e intencionales.

Como el año pasado, los consumidores con mejor promedio de 2009 están en economías en desarrollo como India, Brasil y China; Estados Unidos y Canadá una vez más tienen el peor índice. Los consumidores que registran el mejor avance en consumo sustentable con el medio ambiente son los españoles, alemanes, franceses y australianos, mientras que los rusos y los mexicanos demuestran una ligera caída en el índice. Los brasileños son los únicos consumidores que tuvieron una caída en ambos años.

Gran parte de la mejoría general de los resultados de Greendex 2009 se debe a la mejoría en la categoría de vivienda, donde Greendex mide la energía y los recursos que consumen los encuestados en sus hogares. Los puntajes en las categorías de transporte personal y comida fueron mixtos, algunos cayeron y otros subieron. Los resultados demuestran que tanto la consideración de costos como la preocupación ambiental fueron motivaciones en los consumidores que incrementaron su comportamiento de sustentabilidad ambiental en el último año.

Conducida por primera vez en 2008, la encuesta Greendex se expandió en 2009 con la adición de Argentina, Corea del Sur y Suecia a Brasil, Canadá, China, Francia, Alemania, Inglaterra, Hungría, India, Japón, México, Rusia, España y Estados Unidos. 17,000 consumidores fueron encuestados por internet (mil en cada país) con preguntas que medían su comportamiento de consumo en vivienda, transporte, comida y consumo de bienes. Cada participante sacó un puntaje que refleja el impacto ambiental de sus patrones de consumo en estas categorías, y se sacó un índice Greendex general de 100 puntos. Comparando los puntajes de este año con el pasado, se monitorearon cambios en el consumo tanto a nivel global como dentro de cada país.

El consumo medido por Greendex se determina tanto por las decisiones que los consumidores toman de manera activa (como reparar en lugar de reemplazar un aparato doméstico, usar agua fría para lavar ropa y elegir productos orgánicos) y a causas circunstanciales (como el clima en el que viven, el alcance a productos orgánicos y el transporte público). La iniciativa considera ambos factores en 60 por ciento del índice de 65 variables.

Resultados
Los consumidores de los 14 países encuestados en 2008 y 2009 demuestran un incremento en su puntaje Greendex este año, a excepción de aquellos en Brasil, cuya ligera baja en el puntaje los llevó de primer a segundo lugar.

Puntaje general Greendex

Consumidores: 2009 / 2008
1 Indios: 59.5 / 58.0
2 Brasileños: 57.3 / 58.6
3 Chinos: 56.7 / 55.2
4 Argentinos: 54.7 / NA
5 Coreanos: 54.6 / NA
6 Mexicanos: 53.8 / 52.7
7 Húngaros: 53.3 / 51.7
8 Rusos: 52.0 / 51.1
9 Españoles: 51.4 / 48.0
10 Alemanes: 51.1 / 48.1
11 Suecos: 51.1 / NA
12 Australianos: 50.5 / 47.8
13 Franceses: 49.5 / 46.5
14 Ingleses: 49.4 / 48.2
15 Japoneses: 49.3 / 47.4
16 Canadienses: 47.5 / 46.3
17 Estadounidenses: 43.7 / 42.4

No es sorprendente que los encuestados en la mayoría de los países nombraron a la economía como el problema número uno a nivel nacional, mucho más que en 2008. Pero los resultados indican que los problemas económicos posiblemente impactaron de manera positiva para el medio ambiente en algunas instancias: entre los que reportaron que redujeron el consumo de energía en sus hogares en el último año, el 80 por ciento dijo que el costo estuvo dentro de sus primeras dos razones. De los que redujeron el consumo de gasolina en el último año, casi tres cuartos también indican al costo como una razón importante. Los argentinos, mexicanos, coreanos y chinos dijeron que el costo alto de la gasolina los motivó a cambiar sus hábitos de transporte de manera permanente.

“Es interesante, el problema económico parece haber tenido un impacto positivo en el medio ambiente” comenta Terry García, vicepresidente ejecutivo de National Geographic, “¿Pero persistirán estos comportamientos positivos cuando comience a mejorar la economía mundial? Esperemos que la conciencia ecológica que están adoptando los consumidores para reducir costos se convierta en parte de su estilo de vida, y que las preocupaciones ambientales se vuelvan cada vez más importantes a nivel global”. Mientras que en general los consumidores sintieron que la economía es el problema más importante de su país, los consumidores de varios países registraron una gran preocupación por el medio ambiente. Muchos dijeron que fue una de las primeras dos razones por el cambio en sus hábitos de consumo. 55 % de los consumidores en los 17 países estuvieron de acuerdo en que están “muy preocupados por los problemas ambientales”, y sólo 14% en desacuerdo. Los consumidores chinos, coreanos y brasileños fueron los que registraron mayor preocupación por el ambiente. Contaminación, cambios climáticos, calentamiento global y agua contaminada estuvieron dentro de los primeros seis problemas que les preocupan, dentro de los doce en total, justo debajo de la economía, costos de gasolina y pobreza. Dos tercios de los consumidores dijeron que estaban preocupados por cada uno de estos problemas ambientales.

Descubra su Índice Greendex
Individuos de todo el mundo pueden saber su puntaje en la escala Greendex tomando una encuesta abreviada en www.nationalgeographic.com/greendex. También podrán examinar resultados por país, medir su conocimiento en problemáticas ambientales respecto a lo que otros alrededor del mundo saben y adquirir consejos para vivir de forma más amigable con el medio ambiente.


Fuente: National Geographic, http://ngenespanol.com/2009/05/13/mas-consumidores-verdes-indice-greendex-2009-noticias/

ONU: vínculo entre población y cambio climático


Londres, (dpa) - Un menor crecimiento demográfico mundial, vinculado a una mayor atención a la salud reproductiva y las condiciones laborales y sociales de las mujeres, ayudaría a disminuir los efectos negativos del cambio climático, según el informe Estado de la Población Mundial de la ONU, dado a conocer hoy en Londres.

"A medida que la velocidad del crecimiento demográfico, de las economías y del consumo superen la capacidad de ajuste de la Tierra, el cambio climático podría tornarse mucho más extremo y, posiblemente, catastrófico", señala el informe anual del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA).

La población mundial, estimada actualmente en 6.829,4 millones de personas con una tasa de crecimiento global del 1,2 por ciento, incide en el cambio climático a través de lo que consume, el tipo de energía producida y utilizada, la radicación en ciudades o zonas agrarias, su nivel de riqueza, la edad e incluso el nivel de igualdad de las relaciones entre hombres y mujeres, dice el informe.

Las mujeres son a la vez las más vulnerables al cambio climático, en particular entre los grupos poblacionales más pobres y marginados, de por sí ya más expuestos.

El informe del UNFPA anticipa que los efectos del ascenso de la temperatura generarán migraciones forzadas de población a gran escala, incluso cruzando fronteras nacionales.

"Un más lento crecimiento de la población ayudaría a fortalecer la resistencia social frente a los efectos del cambio climático y contribuiría a reducir las futuras emisiones de gases de efecto invernadero", agrega el informe. "Los países industrializados causaron la mayor parte del problema, pero son los pobres del mundo quienes enfrentan las mayores dificultades para adaptarse."

El cambio climático "exacerbará la distancia entre ricos y pobres y amplificará la inequidad entre mujeres y hombres", advierte el organismo de la ONU. "Las mujeres administran el hogar, lo cual con frecuencia limita su movilidad" ante desastres naturales repentinos, y las niñas abandonan la escuela para ayudar a sus madres cuando las condiciones de vida se hacen más difíciles.

El informe critica la "escasa atención por parte de los encargados de abordar el cambio climático mundial" con respecto a las cuestiones de género, señalando que en la Convención sobre Cambio climático el término ni siquiera se menciona. Recién en diciembre de 2008 comenzó a introducirse en las discusiones de la Conferencia de las Partes de la Convención la dimensión de género y el análisis de la incidencia diferenciada del cambio climático sobre hombres y mujeres.

El UNPFA insta en su informe a los gobiernos a "lograr un nuevo nivel de compromiso" en materia de población y desarrollo y proporcionar acceso a servicios de salud reproductiva y apoyar activamente la igualdad entre hombres y mujeres para poder mitigar el cambio climático y facilitar la adaptación al mismo.


Fuente: El País, http://elpais.cr/articulos.php?id=16404

Ver Informe: http://cooperacionambiental.blogspot.com/2009/11/informe-estado-de-la-poblacion-2009.html



Can We Avoid Limiting the Number of People?


In an era of changing climate and sinking economies, Malthusian limits to growth are back—and squeezing us painfully. Whereas more people once meant more ingenuity, more talent and more innovation, today it just seems to mean less for each. Less water

for every cattle herder in the Horn of Africa. (The United Nations projects there will be more than four billion people living in nations defined as water-scarce or water-stressed by 2050, up from half a billion in 1995.) Less land for every farmer already tilling slopes so steep they risk killing themselves by falling off their fields. (At a bit less than six tenths of an acre, global per capita cropland today is little more than half of what it was in 1961, and more than 900 million people are hungry.) Less capacity in the atmosphere to accept the heat-trapping gases that could fry the planet for centuries to come. Scarcer and higher-priced energy and food. And if the world’s economy does not bounce back to its glory days, less credit and fewer jobs.

It’s not surprising that this kind of predicament brings back an old sore topic: human population and whether to do anything about it. Let’s concede up front that nothing short of a catastrophic population crash (think of the film Children of Men, set in a world without children) would make much difference to climate change, water scarcity or land shortages over the next decade or so. There are 6.8 billion of us today, and more are on the way. To make a dent in these problems in the short term without throwing anyone overboard, we will need to radically reduce individuals’ footprint on the environment through improvements in technology and possibly wrenching changes in lifestyle.

But until the world’s population stops growing, there will be no end to the need to squeeze individuals’ consumption of fossil fuels and other natural resources. A close look at this problem is sobering: short of catastrophic leaps in the death rate or unwanted crashes in fertility, the world’s population is all but certain to grow by at least one billion to two billion people. The low-consuming billions of the developing world would love to consume as Americans do, with similar disregard for the environment—and they have as much of a right to do so. These facts suggest that the coming ecological impact will be of a scale that we will simply have to manage and adapt to as best we can.

Population growth constantly pushes the consequences of any level of individual consumption to a higher plateau, and reductions in individual consumption can always be overwhelmed by increases in population. The simple reality is that acting on both, consistently and simultaneously, is the key to long-term environmental sustainability. The sustainability benefits of level or falling human numbers are too powerful to ignore for long.

In the U.S., this discussion remains muted all the same. Population concerns may lurk within the public anger over illegal immigration or over the unwed California mother of octuplets earlier this year. But to the extent that the news media address domestic population growth at all, it is through euphemisms such as “sprawl” (the theoretical culprit in pollution of the Chesapeake Bay, for example) or the economy (the theoretical driver of increased greenhouse gas emissions). You are more likely to read about population growth in a letter to the editor than in a news story or editorial.

When President-elect Barack Obama pledged in late 2008 to bring U.S. carbon dioxide emissions to their 1990 levels by 2020, environmentalists struggled to swallow their dismay. The European Union, after all, had committed itself to 20 percent reductions from 1990 levels. But on a per capita basis, President Obama’s pledge was somewhat more ambitious than the E.U.’s was. Because of much more rapid population growth than in the E.U., Americans would be cutting their individual emissions by 26 percent under his plan and Europeans by 25 percent under theirs. Any pledges to lower emissions by a uniform percentage among industrial countries will be much harder for the U.S. to achieve, simply because it is gaining people so fast through immigra­tion and a birthrate that is higher than average for a developed nation.

The bitterness of the immigration debate has helped keep U.S. population growth off-limits in the national conversation. In industrial countries outside of North America, however, population is creeping back into public and even political consciousness. In the U.K., an all-party parliamentary panel issued a report called “Return of the Population Growth Factor” and called for stronger efforts to slow that growth. And the concern in the U.K. is not just about the people “over there” in developing countries. In early 2009 Jonathon Porritt, chair of the government’s Sustainable Development Commission, whacked a hornet’s nest by calling parents of more than two children “irresponsible” and blasting mainstream environmental groups for “betraying” their members by fearing to call for small families. “It is the ghost at the table,” Porritt said of population in an interview with the Daily Telegraph, a London broadsheet. Blog comments on his remarks, most of them supportive, soared into the thousands.

Meanwhile, in Australia, as summer temperatures hovered near 117 degrees Fahrenheit (47 degrees Celsius) and murderous flames converted forests into carbon dioxide, a new book entitled Overloading Australia: How Governments and Media Dither and Deny on Population issued an unusual ecological battle cry: ignore all admonitions to conserve the country’s increasingly scarce water supplies until the government eliminates “baby bonuses” in the tax code and clamps down on immigration. A former premier of New South Wales spoke at the book’s launch.

With comments such as these gaining attention—and in some circles, approval—are environmentalists and eventually policy makers likely to renew the decades-old call for “population control”? Would they be wise to do so?


A Number of Us
Two big questions present themselves as population reemerges from the shadows: Can any feasible downshift in population growth actually put the environment on a more sustainable path? And if so, are there measures that the public and policy makers would support that could actually bring about such a change?

Nature, of course, couldn’t care less how many of us there are. What matters to the environment are the sums of human pulls and pushes, the extractions of resources and the injections of wastes. When these exceed key tipping points, nature and its systems can change quickly and dramatically. But the magnitudes of environmental impacts stem not just from our numbers but also from behaviors we learn from our parents and cultures. Broadly speaking, if population is the number of us, then consumption is the way each of us behaves. In this unequal world, the behavior of a dozen people in one place sometimes has more environmental impact than does that of a few hundred somewhere else.

Consider how these principles relate to global warming. The greenhouse gases already released into the atmosphere are likely to bring us quite close to the 3.6 degree F (two degree C) increase from the preindustrial global temperature average that many scientists see as the best-guess threshold of potential climate catastrophe. Already the earth is experiencing harsher droughts, fiercer storms and higher sea levels. If the scientists are right, these impacts will worsen for decades or centuries. Indeed, even if we ended all emissions tomorrow, additional warming is on the way thanks to the momentum built into the earth’s intricate climate system. (The oceans, for example, have yet to come into equilibrium with the extra heat-trapping capacity of the atmosphere. As the oceans continue to warm, so will the land around them.)

Our species’ demographic growth since its birth in Africa 200,000 years ago clearly contributed to this crisis. If world population had stayed stable at roughly 300 million people—a number that demographers believe characterized humanity from the birth of Christ to A.D. 1000 and that equals the population of just the U.S. today—there would not be enough of us to have the effect of relocating the coastlines even if we all drove Hummers. But instead we kept growing our numbers, which are projected to reach 9.1 billion by midcentury.

Humanity’s consumption behaviors consequently did and do matter, and in this arena, all people have not been created equal. Greenhouse gas release has been linked overwhelmingly, at least up until recently, to the high-consumption habits of the industrial nations. As a result, in an ethical outrage as big as all outdoors, the coming shifts in climate and sea level will most harm the world’s poor, who are least responsible for the atmosphere’s composition, and will least harm the wealthy, who bear the biggest responsibility.


All-Consuming Passions
What part can the size of the human race play in finding a happy ending to this morality play? Population scenarios cannot directly address the inequity in emissions patterns—but they are far from unimportant.

Countries with the highest emissions per capita tend to have smaller families on average, whereas those with low emissions per capita tend to have larger ones. Americans, for example, consumed 8.6 tons of oil or its commercial energy equivalent per capita in 2007, according to data kept by British Petroleum; Indians consumed just 0.4 ton per capita. (These figures somewhat distort the gap because they exclude biomass and other noncommercial forms of energy, for which data are unreliable.)

So while India gained 17 million people in that year and the U.S. gained three million, by this simplified math the U.S. growth in population counted for the equivalent of an additional 25.6 million tons of oil consumed, whereas India’s much greater growth counted for only 6.6 million additional tons. With such large disparities, the climate would be better served if the Americans emulated Indian consumption than if India emulated U.S. population.

End of story? For a variety of reasons, not quite. Population is not a contrasting force to consumption but something very close to its parent. Alone, each of us has no significant impact on the planet, even when our collective behavior overwhelms its natural processes. Historically, population has grown fastest when per capita consumption is modest. Later, consumption tends to explode on the base of a population that is large, but it is by then growing more slowly. Throughout the 19th century, the U.S. population grew at rates typical of Africa today. That century of rapid growth helped to make 21st-century America (with 307 million people now) a consumption behemoth.

The same one-two punch of population growth followed by consumption growth is now occurring in China (1.34 billion people) and India (1.2 billion). Per capita commercial energy use has been growing so rapidly in both countries (or at least it was through 2007 on the eve of the economic meltdown) that if the trends continue unabated the typical Chinese will outconsume the typical American before 2040, with Indians surpassing Americans by 2080. Population and consumption thus feed on each other’s growth to expand humans’ environmental footprint exponentially over time.

Moreover, because every human being consumes and disposes of multiple natural resources, a birth that does not occur averts consumption impacts in every direction. A person reducing her carbon footprint, conversely, does not automatically use less water. A wind turbine displaces coal-fired electricity but hardly prevents the depletion of forests (now disappearing in the tropics at the rate of one Kentucky-size swath a year) or fisheries (at current depletion rates facing exhaustion by the middle of the century). But unlike wind turbines, humans reproduce themselves. So every smaller generation means that the multipliers of consumption linked to population also shrink on into the future.

Because most environmental challenges emerge on scales of decades and centuries, population growth packs a long-term ­wallop. With respect to saving the planet, over a few short years it is hard for smaller families to beat sharp reductions in per capita consumption. Since the early 1990s, however, published calculations have demonstrated that slower population growth over decades yields significant reductions of greenhouse gas emissions even in countries where per capita fossil-fuel consumption is modest.

Slower population growth that leads to eight billion people in 2050 rather than to the currently projected 9.1 billion would save one billion to two billion tons of carbon annually by 2050, according to estimates by climate scientist Brian O’Neill of the National Center for Atmospheric Research and his colleagues. The subsequent savings in emissions would grow year by year ever afterward—while the billion-plus fewer people would need less land, forest products, water, fish and other foodstuffs.

Those improvements still would not be enough on their own to avert significant climate change. Other similar billion-ton savings in emissions (what Princeton University professors Stephen Pacala and Robert Socolow have dubbed “stabilization wedges”) are desperately needed and can come only from reduction in fossil-fuel consumption through energy efficiency, low-carbon technologies and changes in way of life. If two billion automobiles getting 30 miles per gallon traveled only 5,000 miles a year instead of 10,000, that change would save another billion tons of carbon emissions. So would replacing coal-fired power plants that produce 1.4 trillion watts of electricity with equivalent plants burning natural gas. But without a population that stops growing, comparable technology improvements or lifestyle downshifts will be needed indefinitely to keep greenhouse gas emissions sustainable.

The complications that population growth poses to every environmental problem are not to be dismissed. In fact, they are accepted and understood best by the governments of poorer countries, where the impacts of dense and rapidly growing populations are most obvious. During the past few years, most of the reports that developing countries have filed with the U.N. on how they plan to adapt to climate change mention population growth as a complicating factor.


Instruments of Policy
A commonsense strategy for dealing with rising environmental risk would be to probe every reasonable opportunity for shifting to sustainability as quickly, easily and inexpensively as possible. No single energy strategy—whether nuclear, efficiency, wind, solar or geothermal—shows much promise on its own for eliminating the release of carbon dioxide into the air. Obstacles such as high up-front costs hamper most of those energy strategies even as part of a collective fix for the climate problem. No single change in land use will turn soils and plants into net absorbers of heat-trapping gases. Without technological breakthroughs in energy or land use, only higher prices for fossil fuels show much potential for edging down per capita emissions—a “solution” that policy makers have yet to grapple with effectively.

Given the long-term contribution that a turnaround in population growth could make in easing our most recalcitrant challenges, why doesn’t the idea get more respect and attention? Politicians’ apathy toward long-term solutions is part of the answer. But the more obvious reason is the discomfort most of us feel in grappling with the topics of sex, contraception, abortion, immigration and family sizes that differ by ethnicity and income. What in the population mix is not a hot button? Especially when the word “control” is added, and when the world’s biggest religions have fruitful multiplication embedded in their philosophical DNA. And so critics from left, right and the intellectual center gang up on the handful of environmentalists and other activists who try to get population into national and global discussions.

Yet newly released population data from the U.N. show that developed countries, from the U.S. to Spain, have been experiencing (at least up through the beginnings of the economic crisis in 2008), if not baby booms, at least reproductive “rat-a-tat-tats.” For the first time since the 1970s, the average number of children born to U.S. women has topped 2.1—the number at which parents replace themselves in the populations of developed and many developing countries. Even if net immigration ended tomorrow, continuation of that fertility rate would guarantee further growth in U.S. population for decades to come.

Those who do consider population to be a key to the problem typically say little about which policies would spare the planet many more billions of people. Should we restructure tax rates to favor small families? Propagandize the benefits of small families for the planet? Reward family-planning workers for clients they have sterilized? Each of those steps alone or in combination might help bend birthrates downward for a time, but none has proved to affect demographic trends over the long term or, critically, to gain and keep public support. When the government of India rewarded health workers for meeting sterilization quotas in 1976, the zeal of some of them for wielding scalpels regardless of their patients’ wishes contributed to the downfall of Indira Gandhi’s government in 1977.

And how can we reduce consumption? Ideas such as cap-and-trade plans for limiting greenhouse gas emissions and allowing companies to trade emission rights are based on the same principle: raise the price of what harms the environment to reduce consumption of it. Beyond the consumption cuts, however, such schemes don’t have much to recommend them. Governments can also eliminate subsidies of polluting behavior, an approach that is more palatable—except to the often powerful interests that benefit from the subsidies. Or governments can subsidize low consumption through tax deductions and credits, but the funds to do so on the needed scale will likely be increasingly scarce.


The Zen of Population
Mostly ignored in the environmental debates about population and consumption is that nearly all the world’s nations agreed to an altogether different approach to the problem of growth 15 years ago, one that bases positive demographic outcomes on decisions individuals make in their own self-interest. (If only something comparable could be imagined to shrink consumption.) The strategy that 179 nations signed onto at a U.N. conference in Cairo in 1994 was: forget population control and instead help every woman bear a child in good health when she wants one.

That approach, which powerfully supports reproductive liberty, might sound counterintuitive for shrinking population growth, like handing a teenager the keys to the family car without so much as a lecture. But the evidence suggests that what women want—and have always wanted—is not so much to have more children as to have more for a smaller number of children they can reliably raise to healthy adulthood. Women left to their own devices, contraceptive or otherwise, would collectively “control” population while acting on their own intentions.

More than 200 million women in developing countries are sexually active without effective modern contraception even though they do not want to be pregnant anytime soon, according to the Guttmacher Institute, a reproductive health research group. By the best estimates, some 80 million pregnancies around the world are unintended. Although the numbers aren’t strictly comparable—many unplanned pregnancies end in abortion—the unintended pregnancies exceed the 78 million by which world population grows every year.

In the U.S., which is well informed and spends nearly 20 cents per dollar of economic activity on health care, nearly one out of every two pregnancies is unintended. That proportion has not changed much for decades. In every nation, rich and poor, in which a choice of contraceptives is available and is backed up by reasonably accessible safe abortion for when contraception fails, women have two or fewer children. Furthermore, educating girls reduces birthrates. Worldwide, according to a calculation provided for this article by demographers at the International Institute for Applied Systems Analysis in Austria, women with no schooling have an average of 4.5 children, whereas those with a few years of primary school have just three. Women who complete one or two years of secondary school have an average of 1.9 children apiece—a figure that over time leads to a decreasing population. With one or two years of college, the average childbearing rate falls even further, to 1.7. And when women enter the workforce, start businesses, inherit assets and otherwise interact with men on an equal footing, their desire for more than a couple of children fades even more dramatically.

True, old-style population control seems to have helped slow population growth in China. The country’s leaders brag that their one-child policy has spared the world’s climate 300 million greenhouse gas emitters, the population equivalent of a U.S. that never happened. But most of the drop in Chinese fertility occurred before that coercive policy went into effect in 1979, as the government brought women by the millions into farm and industry collectives and provided them with the family planning they needed to stay on the job. Many developing countries—from Thailand and Colombia to Iran—have experienced comparable declines in family size by getting better family-planning services and educational opportunities to more women and girls in more places.

With President Obama in the White House and Democrats dominant in Congress, the signs are good that the U.S. will support the kind of development abroad and reproductive health at home most likely to encourage slower population growth. Like almost all politicians, however, Obama never mentions population or the way it bridges problems from health and education all the way to food, energy security and climate change.

Bringing population back into the public conversation is risky, but the world has come a long way in understanding that the subject is only one part of most of today’s problems and that “population control” can’t really control population. Handing control of their lives and their bodies to women—the right thing to do for countless other reasons—can. There is no reason to fear the discussion.


Fuente: Scientific American, http://www.scientificamerican.com/article.cfm?id=population-and-sustainability

Precursores de la economía ecológica


Esta es una presentación del Dr. Johnny Rosales (una excelente persona), profesor de la Universidad Nacional de Costa Rica, que toca el tema de la Economía Ecológica, un concepto diferente de la Economía Ambiental.


Precursores de la Economía Ecológia

"La Tierra no aguanta más" Leonardo Boff


La crisis ambiental irrumpe en el primer plano mediático de cara a la Conferencia del Clima de Copenhague, Dinamarca, que se celebrará del 13 al 18 del próximo diciembre. Las perspectivas no son optimistas por falta de un consenso previo para alcanzar un acuerdo definitivo. “A pesar de los pronósticos sombríos, tengo confianza de que la esperanza vencerá al miedo y que la vida es más fuerte que la muerte”, asegura el teólogo brasileño Leonardo Boff al iniciar esta entrevista exclusiva durante su reciente visita a Suiza. Boff, uno de los padres fundadores de la Teología de la Liberación recibió el 7 de noviembre el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Neuchâtel. Previamente, la misma semana, animó un debate público organizado por las ONG de cooperación solidaria E-CHANGER y Misión de Belém Immensee en la Casa de Solidaridad Romero (RomeroHaus) en Lucerna, donde participaron 200 personas.

Todo el mundo habla hoy de la problemática ecológica que vive el planeta. Usted fue uno de los primeros, ya en los años ochenta, en alertar sobre este tema. ¿Cuál es su análisis de la actual situación medioambiental?

Hay muchos indicadores científicos que apuntan a la irrupción de una tragedia ecológica y humanitaria. Nada esencial ha cambiado desde la redacción de la "Carta de la Tierra" en 2003 que elaboramos un grupo de personalidades del mundo entero. Decíamos en ese maravilloso documento: “Estamos en un momento crítico de la Tierra en el cual la humanidad debe escoger su futuro. Y la elección es ésta: o se promueve una alianza global para cuidar a los otros y la Tierra o arriesgamos nuestra destrucción y la devastación de la diversidad de la vida”.

“Se consume más de lo que la Tierra soporta”


Una afirmación tajante que no acepta términos medios ¿Cómo se sustenta?

En la confluencia actual de tres crisis estructurales. La crisis debido a la falta de sustentabilidad del planeta Tierra; la crisis social mundial; y la crisis del calentamiento creciente.


¿Puede ejemplificar esa afirmación?

A nivel social, casi la mitad de la humanidad vive hoy por debajo del nivel de miseria. Las cifras son aterradoras. El 20% más rico consume el 82,49 % de toda la riqueza de la Tierra y el 20% más pobre, se tiene que contentar con un minúsculo 1,6%.

En cuanto al calentamiento de la Tierra, la FAO (Organización de la ONU para la Alimentación) ha advertido de que en los próximos años habrá entre 150 y 200 millones de refugiados climáticos. Las previsiones más dramáticas hablan de un aumento para 2035 de 4°C. Y se especula para final del siglo con un aumento de 7°C. Si esto realmente se produce, ningún tipo de vida hoy conocido podrá sobrevivir. En cuanto a la crisis de sustentabilidad, doy un ejemplo ilustrativo: la humanidad está hoy consumiendo un 30% más de la capacidad de reposición. Es decir un 30% más de lo que la Tierra misma puede reponer.


Sin embargo esta tendencia consumista del planeta no es nueva...

No. Pero lo que es nuevo son los niveles acelerados de ese deterioro. Según estudios de todo crédito, en 1961 precisábamos de la mitad de la Tierra para dar respuesta a las demandas humanas. En 1981 se daba un empate, es decir ya necesitábamos la Tierra entera. En 1995 sobrepasamos en un 10% la capacidad de reposición, aunque todavía era soportable. En 2008, superamos el 30%. La Tierra está dando señales inequívocas de que ya no aguanta más.

“En algunos años se necesitarían dos Tierras”


¿Con perspectivas futuras todavía más preocupantes?

Si se mantiene el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) mundial entre 2-3% por año, como está previsto, en 2050 necesitaríamos dos planetas Tierra para dar respuesta al consumo, lo que es imposible porque contamos con una sola.


¿Eso obliga a comenzar a pensar en otro paradigma de civilización?

En efecto. No podemos producir como venimos haciendo hasta ahora. El actual modelo de producción, el capitalista, parte del falso presupuesto que la tierra es como un gran baúl del cual se pueden sacar recursos indefinidamente para obtener beneficios con la mínima inversión posible en el tiempo más corto. Hoy queda claro que la Tierra es un planeta pequeño, viejo y limitado que no soporta una explotación ilimitada. Tenemos que dirigirnos hacia otra forma de producción y asumir hábitos de consumo distintos. Producir para responder a las necesidades humanas en armonía con la Tierra, respetando sus límites, con un sentido de igualdad y de solidaridad con las generaciones futuras. Ése es el nuevo paradigma de civilización.

Copenhague: la influencia del poder económico


Para volver al hoy y al aquí... En pocas semanas se celebrará en Copenhague la Conferencia sobre el Clima. ¿Hay perspectivas de un acuerdo?

Hay una premisa clave. Debemos hacer todo lo posible para estabilizar el clima evitando que el calentamiento de la tierra sea mayor a 2 ó 3 grados y que la vida pueda continuar. Comprendiendo que ya ese calentamiento implicaría una devastación de la biodiversidad y el holocausto de millones de personas, cuyos territorios no serán más habitables, especialmente en África y en el sudeste asiático. Me preocupa, en ese escenario, la irresponsabilidad de muchos gobiernos, especialmente de los países ricos, que no quieren establecer metas consistentes para la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero y salvar el clima. ¡Una verdadera ecomiopía!


¿Eso proviene de una falta de voluntad política para llegar a acuerdos?

Sobre todo de un conflicto de intereses. Las grandes empresas, por ejemplo las petroleras, no quieren cambiar porque perderían sus enormes ganancias actuales. Hay que entender la interdependencia del poder político y el económico. El gran poder es el económico. El político es una derivación del económico. Los Estados, en muchos casos, no representan los intereses de los pueblos sino de los grandes actores económicos.


En caso de un fracaso de Copenhague, ¿cuál sería el escenario posterior en lo que concierne a la ya grave situación climática?

A mi entender, si hay una frustración política, eso puede significar un reto enorme para la sociedad civil. Para que se movilice, presione y promueva los cambios que vienen siempre de abajo. Confío en eso: la razón, la prudencia, la sabiduría vendrán de la sociedad civil. Será también, en cuanto al clima, el principal sujeto histórico. Ningún cambio real viene de arriba, sino de abajo.

Y a pesar de lo difícil del presente, tengo la confianza que no se trate de una tragedia que acabará mal sino de una crisis que purifica y que nos permita dar un salto en la dirección de un futuro mejor.


¿Con un programa común para salvar la Tierra?

Impulsando una bio-civilización que deberá promover cuatro ejes esenciales. El uso sustentable, responsable y solidario de los limitados recursos y servicios de la naturaleza. El control democrático de las relaciones sociales, especialmente sobre los mercados y los capitales especulativos. Un ethos mínimo mundial que debe nacer del intercambio multicultural, enfatizando en la compasión, la cooperación y la responsabilidad universal. Y la espiritualidad, como dimensión antropológica y no como un monopolio de las religiones. Debe desarrollarse como expresión de una conciencia que se siente parte de un Todo mayor, que percibe una Energía poderosa y que representa el sentido supremo de todo.

Natural gas drilling produces radioactive wastewater


Wastewater from natural gas drilling in New York state is radioactive, as high as 267 times the limit safe for discharge into the environment and thousands of times the limit safe for people to drink


As New York gears up for a massive expansion of gas drilling in the Marcellus Shale, state officials have made a potentially troubling discovery about the wastewater created by the process: It's radioactive. And they have yet to say how they'll deal with it.

The information comes from New York's Department of Environmental Conservation, which analyzed 13 samples of wastewater brought thousands of feet to the surface from drilling and found that they contain levels of radium-226, a derivative of uranium, as high as 267 times the limit safe for discharge into the environment and thousands of times the limit safe for people to drink.

The findings, if backed up with more tests, have several implications: The energy industry would likely face stiffer regulations and expenses, and have more trouble finding treatment plants to accept its waste -- if any would at all. Companies would need to license their waste handlers and test their workers for radioactive exposure, and possibly ship waste across the country. And the state would have to sort out how its laws for radioactive waste might apply to drilling and how the waste could impact water supplies and the environment.

What is less clear is how the wastewater may affect the health of New Yorkers, since the danger depends on how much radiation people are exposed to and how they are exposed to it. Radium is known to cause bone, liver and breast cancers, and the EPA publishes exposure guidelines for it, but there is still disagreement over exactly how dangerous low-level doses can be to workers who handle it, or to the public.

The DEC has yet to address any of these questions. But New York's Health Department raised concerns about the amount of radioactive materials in the wastewater in a confidential letter to the DEC's oil and gas regulators in July.

"Handling and disposal of this wastewater could be a public health concern," DOH officials said in the letter, which was obtained by ProPublica. "The issues raised are not trivial, but are also not insurmountable."

The letter warned that the state may have difficulty disposing of the drilling waste, that thorough testing will be needed at water treatment plants, and that workers may need to be monitored for radiation as much as they might be at nuclear facilities.

Health Department officials declined to comment on the letter. The DEC sent an e-mail response to questions about the radioactivity stating that "concentrations are generally not a problem for water discharges, or in solid waste streams" in New York state. But the agency did not directly address the radioactivity levels, which were disclosed in the appendices of the agency's environmental review of gas drilling in the Marcellus Shale, released Sept. 30.

The review did not calculate how much radioactivity people may be exposed to, even though such calculations are routinely completed by scientists studying radiation exposure. Yet the review concluded that radiation levels were "very low" and that the wastewater "does not present a risk to workers." DEC officials declined to explain how they reached this conclusion.

Although the review pointed to a possible need for radioactive licensing and disposal for certain materials, and it looked at other states with laws aimed at radioactive waste from drilling, the DEC said there is no precedent for examining how these radioactive materials might affect the environment when brought to the surface at the volumes and scale expected in New York. And it said that more study is needed before the DEC can lay out precise plans to deal with the waste.

In comments to ProPublica, the DEC emphasized that the environmental review proposes testing all wastewater for radioactivity before it is allowed to leave the well site, and said that the volumes of brine water, which contain most of the radioactivity detected, would be far less than the volumes of fluid from hydraulic fracturing that are removed from the well.

What scientists call naturally occurring radioactive materials -- known by the acronym NORM -- are common in oil and gas drilling waste, and especially in brine, the dirty water that has been soaking in the shale for centuries. Radium, a potent carcinogen, is among the most dangerous of these metals because it gives off radon gas, accumulates in plants and vegetables and takes 1,600 years to decay. Geologists say radioactivity levels can vary across the Marcellus, but the tests taken so far suggest the amount of radioactive material measured in New York is far higher than in many other places.

The state took its 13 samples -- 11 of which significantly exceeded legal limits -- between October 2008 and April 2009. The DEC did not respond to questions about whether additional sampling has begun or whether the state would begin issuing drilling permits before the radioactivity issues are resolved. The DEC told ProPublica it did not know where the wastewater would be treated.

"It's got to go somewhere," said Theodore Adams, a radiation remediation and water treatment consultant with 30 years of experience with radioactive waste. "It's not going to just go away."

A Vague Threat

Determining the health threat that radioactive material poses to workers and to the public is complicated. Measuring human exposure -- which is quantified in doses of millirems per year -- from radiation is notoriously difficult, in part because it depends on variables like whether objects interfere with radiation, or how sustained exposure is over long periods of time.

Gas industry workers, for example, would almost certainly face an increased risk of cancer if they worked in a confined space where radon gas, a leading cause of lung cancer and a derivative of radium, can collect to dangerous levels. They would also be at risk if they somehow swallowed or breathed fumes from the radioactive wastewater, or handled the concentrated materials regularly for 20 years. But without these types of intensive or confined exposures, the materials may be less dangerous, making it difficult to discern effects on workers' health, experts say.

People absorb radioactivity in their daily routines, complicating health assessments. Eighty percent of human radioactivity exposure comes from natural sources, according to the EPA. Everything from granite countertops to a pile of playground dirt can emit radioactivity that is higher than the EPA, which regulates based on a theory that zero exposure is best, may prefer.

"You start with the world where you and I are getting an exposure from the sun, from the soil we walk on, from the brick in our house that on average is about 400 millirems a year -- which is dangerous," said Tom Lenhart, a former member of the federal-state Interagency Steering Committee on Radiation Standards. "The EPA would never allow that kind of exposure. So you are starting from a baseline of dangerous exposure, and this is what makes regulating it a nightmare."

The EPA estimates that Americans are exposed to about 300 to 360 millirems per year, including routine artificial exposures like getting an X-ray or flying in an airplane. Each multiple of this "background level" denotes a proportional increase in the chance of getting cancer.

The natural radioactivity of the Marcellus Shale has caused concern since the mid-1980s, when high levels of radon gas were found in the basements of homes in Marcellus, a town in upstate New York, where the shale reaches the surface. The question has long been, if the Marcellus can cause radioactive gas to seep into people's basements, how much radioactivity might be infused into the water left over from drilling? Add to that the question of how much human exposure can be expected from the radiation detected at some Marcellus drilling sites.

In its environmental review, the state said it couldn't answer those questions because exposure depends on so many variables and because the units of measurement for human exposure and concentrations in water are incompatible. There is "no simple or universally accepted equivalence between these units," the DEC wrote in its environmental review.

But Rick Kessy, operations manager for Fortuna Energy, a subsidiary of Canadian Talisman Energy and the largest gas producer in New York, says his company has assessed worker exposure at two of the company's well sites in Pennsylvania, where it found no serious risk.

And a U.S. Department of Energy expert who specializes in such exposure conversions said an analysis in New York should be "very easy to do."

"If they know the concentrations and they know the exposure pathways it should be straightforward to calculate that," said Charley Yu, who runs the national computer dose modeling program at http://www.talisman-energy.com/ for the U.S. Department of Energy.

In fact, New York's DEC used Yu's government modeling program, called RESRAD, in a 1999 study to establish radioactivity exposure risks for oilfield brine spread on roads, a common disposal practice. Its brine samples in that case contained far less radium than the Marcellus water. It laid out a simple scenario, assuming a person walked on the road for two hours a day over 20 years and a fixed quantity of brine was spread there. That study found no threat to human health.

No such analysis was included in the state's recent supplemental environmental impact statement.

Few Disposal Options

All this would be of substantially less concern if New York were like most of the other states that produce some radioactive waste during natural gas drilling. In those states, the waste is re-injected underground. But in New York, injection disposal wells are uncommon, and those that do exist aren't licensed to receive radioactive waste or Marcellus Shale wastewater, according to the EPA. Instead, most drilling wastewater is treated by municipal or industrial water treatment plants and discharged back into public waterways.

The radium-laden wastewater would almost certainly need to be carefully treated by plants capable of filtering out the radioactive substances. Kessy, the Fortuna manager, which operates five of the wells with spiked readings in New York, said the levels are higher than he has seen elsewhere. Treatment plants in Pennsylvania are accepting Fortuna wastewater with much lower levels of radioactivity from the company's wells there, Kessy said, but if plants can't take the higher concentrations, it could be crippling.

"In the event that they were not able to comply due to high radioactivity, they would reject the water," Kessy said. "And if we did not have a viable option for it, our operations would just shut down. There is no other option."

It is not clear which treatment plants, if any in New York, are capable of handling such material.

DEC spokesman Yancey Roy said that "there are currently no facilities specifically designated for treating them." He added that the state depends on the drilling companies to make sure there is a legal treatment option for the water, and then reviews those plans.

"The department has not received any permit submissions from the well operators that include details about treatment options for the brine containing NORM," he said. "So we do not know what treatment options are being considered or how effective NORM removal will be."

ProPublica contacted several plant managers in central New York who said they could not take the waste or were not familiar with state regulations.

"We are not set up to take radioactive substances," said Patricia Pastella, commissioner of the Onondaga County Department of Water Environment Protection, which operates the Metropolitan plant in Syracuse, N.Y. "It does present a problem with disposal."

Filtering the water is just one of several problems. Plants that can filter out the radioactive materials are left with a concentrated sludge that has substantially higher radioactivity than the wastewater. Sludge can also collect inside the pipes at well sites, in waste pits and in holding tanks.

Federal laws don't directly address naturally occurring radioactivity, and the oil and gas industry is exempt from federal laws dictating handling of toxic waste, leaving the burden on New York state. New York has laws governing radioactive materials, but the state's drilling plans don't specify when they would apply.

Experts who reviewed the concentrations of radioactive metals found in New York's wastewater said the leftover sludge is likely to exceed the legal limits for hazardous waste and would need to be shipped to Idaho or Washington, to some of the only landfills in the country permitted to accept it.

Fortuna's Kessy said that's an acceptable cost of doing business. "We'll be willing, of course, to fund the necessary disposal means," he said.

The same may be required of some of the equipment used in drilling, which can eventually emit much higher levels of radiation than the water itself. Louisiana, for example, began regulating radioactive materials after it found radioactive build-up in pipes dumped in scrap yards and in the steel used to build schoolyard bleachers.

But the levels in that state were just one-eighth of those measured so far in New York.

"I don't believe anyone has taken a look, seriously, at what the unintended consequences are to dealing with these kinds of materials," said Theodore Adams, the radioactive waste disposal consultant. "It's a unique animal -- a unique disposal -- and depending on where it is located and who is receiving it, it could have an impact."


Fuente: Scientific American, http://www.scientificamerican.com/article.cfm?id=marcellus-shale-natural-gas-drilling-radioactive-wastewater